martes, julio 26, 2005
Accidente
No se conformó con morder el pecado con sus labios, quiso extraer el petróleo del subsuelo y murió sin darse cuenta del placer ni de la muerte.
lunes, julio 25, 2005
miércoles, julio 13, 2005
lunes, julio 11, 2005
Paradoja
De repente, unas manos peculiares buscan en una antigua gaveta color madera que conserva intacta su elegancia, sus intenciones y piezas de rompecabezas incompletos. Cecilia encuentra escrita sobre clorofila blanca una sentencia y se conmueve.
“Yourcenar, naturalmente” suspira, y una leve sonrisa se convierte en un jabón cayéndose al suelo de la bañera.
En medio de un debate entre ingenuidad, ironía o perseverancia, se dirige al espejo: “¡el viaje sin retorno!”, con la seguridad de que el trayecto no ha terminado. Echa de menos al póquer, hablar de las profundas ventanas verdes, se pregunta si el autor de la misteriosa nota piensa lo mismo y se anima a probar porque sabe que de cualquier forma que termine la historia, habrá extendido el cuento, habrá triunfado creyendo en lo perpetuo.
Especula sobre quién puede ser el autor y de esto dependerá su fe en esa peligrosa unión de letras. Pero la lógica sistemática de las estructuras le aconseja dejar el cuento por dado e inaugurar una dimensión paralela que pronto se convertiría, paradójicamente, en su pecera ideal.
El viajero se da cuenta, busca apresuradamente un ordenador, la biografía de Jack Costeau y escribe un aviso que parece telegrama, lo parte en más de cien pedazos y lo filtra entre las estructuras como un rompecabezas. La tinta se convierte en glóbulos rojos, lo arma, para verificar el resultado y queda complacido.
Prepara las formas, lo encierra en un sobre; nervioso se corta la lengua con el filo del papel, pero lo maneja entre sus manos como si éste fuera su último chance.
Cecilia lee, mira por la ventana y echa un pulso contra la perpetuidad del viaje. Los trazos en el papel parecen una fotografía, se acerca, observa, se retira, y sigue pensando. Los días parecen meses. Ambos se inquietan. Ella sabe que a veces se camina para atrás hacia delante, como los cangrejos.
Empieza a dejarse llevar por la corriente del río, pero reacciona y un movimiento brusco tira la nota al fondo de la enorme gaveta, siente unas terribles ganas de huir, se para y la cierra de una patada… es inútil.
El viajero se pregunta si comprendió el rompecabezas. Espera que cuando ella regrese, no sea extranjera en su propia casa. Espera como si existiera el fin irremediable de este paradójico delirio.
Ahora, cuando todo aparenta ser demasiado tarde, el viajero se levanta cada día como si la hubiera visto por última vez hace sólo un minuto, con sus huellas digitales decorando el piso del asiento y el olor de su cuerpo de madera. Total, tendrá todo un día para echarla de menos.
“Yourcenar, naturalmente” suspira, y una leve sonrisa se convierte en un jabón cayéndose al suelo de la bañera.
En medio de un debate entre ingenuidad, ironía o perseverancia, se dirige al espejo: “¡el viaje sin retorno!”, con la seguridad de que el trayecto no ha terminado. Echa de menos al póquer, hablar de las profundas ventanas verdes, se pregunta si el autor de la misteriosa nota piensa lo mismo y se anima a probar porque sabe que de cualquier forma que termine la historia, habrá extendido el cuento, habrá triunfado creyendo en lo perpetuo.
Especula sobre quién puede ser el autor y de esto dependerá su fe en esa peligrosa unión de letras. Pero la lógica sistemática de las estructuras le aconseja dejar el cuento por dado e inaugurar una dimensión paralela que pronto se convertiría, paradójicamente, en su pecera ideal.
El viajero se da cuenta, busca apresuradamente un ordenador, la biografía de Jack Costeau y escribe un aviso que parece telegrama, lo parte en más de cien pedazos y lo filtra entre las estructuras como un rompecabezas. La tinta se convierte en glóbulos rojos, lo arma, para verificar el resultado y queda complacido.
Prepara las formas, lo encierra en un sobre; nervioso se corta la lengua con el filo del papel, pero lo maneja entre sus manos como si éste fuera su último chance.
Cecilia lee, mira por la ventana y echa un pulso contra la perpetuidad del viaje. Los trazos en el papel parecen una fotografía, se acerca, observa, se retira, y sigue pensando. Los días parecen meses. Ambos se inquietan. Ella sabe que a veces se camina para atrás hacia delante, como los cangrejos.
Empieza a dejarse llevar por la corriente del río, pero reacciona y un movimiento brusco tira la nota al fondo de la enorme gaveta, siente unas terribles ganas de huir, se para y la cierra de una patada… es inútil.
El viajero se pregunta si comprendió el rompecabezas. Espera que cuando ella regrese, no sea extranjera en su propia casa. Espera como si existiera el fin irremediable de este paradójico delirio.
Ahora, cuando todo aparenta ser demasiado tarde, el viajero se levanta cada día como si la hubiera visto por última vez hace sólo un minuto, con sus huellas digitales decorando el piso del asiento y el olor de su cuerpo de madera. Total, tendrá todo un día para echarla de menos.
viernes, julio 08, 2005
Dos puntos
Señora, es un honor que me haya invitado a un café en la sala de su cabeza, porque a través de sus ventanas puedo ver un montón de satélites.
Gracias por traerme a colación, cuando la lluvia llueve y el día no es tan claro porque hoy la noche trabaja horas extras.
Por aquí queda un eco débil -pero consistente- de su desorden capilar y ordenado cerebro. Le dejo junto al teléfono un condenado abrazo y un asqueroso beso, con húmedas huellas en el piso de la higiénica sala.
Gracias por traerme a colación, cuando la lluvia llueve y el día no es tan claro porque hoy la noche trabaja horas extras.
Por aquí queda un eco débil -pero consistente- de su desorden capilar y ordenado cerebro. Le dejo junto al teléfono un condenado abrazo y un asqueroso beso, con húmedas huellas en el piso de la higiénica sala.
jueves, julio 07, 2005
Pacheco
Todavía ahí anda Pacheco como si nada, con los pies en forma de falda sentada, algunas libritas de más como todos los veranos, comiendo entre comidas, girando su cara al revés cuando el voltaje sube. Si no fuera porque ha transformado su movimiento de lado a lado en un sacudirse con violencia, hace rato que el cable del enchufe y la careta de catcher lo hubieran ahorcado, en pleno desacuerdo con la negativa de Pacheco ante la jubilación. Entonces, unidos se disfrazan de culebra y se le cuelgan de cuello y cabeza, pero qué va.
Un botón de polea mantiene la cadera de Pacheco lejos de los ortopedas, pero en el iris se le refleja una marca registrada que va con él a todas partes de la casa. Pacheco mira atentamente hacia el frente y se queda con la mirada perdida.
La última vez que lo sacamos del cuartito fue para ver el Tour de France en la sala. Recuerdo que Pacheco empezó a pitar con la cara como un aro de bicicleta, y entre cerveza y vino tinto, desaparecimos el verano de la sala, sentados en el piso.

Ilustración: Cándida.
Junio No Ha Terminado
2003
Un botón de polea mantiene la cadera de Pacheco lejos de los ortopedas, pero en el iris se le refleja una marca registrada que va con él a todas partes de la casa. Pacheco mira atentamente hacia el frente y se queda con la mirada perdida.
La última vez que lo sacamos del cuartito fue para ver el Tour de France en la sala. Recuerdo que Pacheco empezó a pitar con la cara como un aro de bicicleta, y entre cerveza y vino tinto, desaparecimos el verano de la sala, sentados en el piso.
Ilustración: Cándida.
Junio No Ha Terminado
2003
miércoles, julio 06, 2005
Dormilón
(Pensamientos de un enano de Blanca Nieves).
Todavía la sábana azul marino conserva su perfume. Para no ensuciarla con huellas digitales, rastreo un recuerdo con la nariz. Admito que me avergüenza saber que ese ha sido el momento más intenso de mi “corta” vida. Se repite como un botón de retroceso intermitente y eterno.
Mis manos son la historia que me cuenta ese episodio a diario. Quién lo diría, Blanca Nieves. Contigo descubrí que el miedo y los dolores de cabeza pueden ser cortos caminos a la felicidad.
Llegó con una sonrisa psicodélica y un paso extraño. Su voz, somnolienta y complaciente, el vestido rosado de los filos adheridos a ese cuerpo perfecto. Y la lamparita amarilla se rehusó a apagarse. Yo feliz, para ver con cierta claridad, como los paparazzi de la pecera.
• ¿Te duele mucho? -pregunté casi como un hermano-
• Muchísimo, no aguanto.
• Pues tómate esta aspirina y acuéstate.
• Pero duerme aquí hoy. Tengo miedo.
• …ok… pero échate a un lado.
Nunca quería dormir ni siquiera en la misma habitación conmigo, pero gracias al vino celestial que se dividió en tres botellas directas a su hígado, no le importó otra cosa que no fuera quitarse los zapatos.
Cuando se durmió, esperé unos minutos y rodé discretamente hasta que mi nariz quedó envuelta en su pelo, rozando a menudo con un poco de sudor que tenía en el cuello y que olía muy rico. No sé si ella me había pegado la manía de oler las cosas y la gente.
Me pegué hasta sentir cómo el arco de su espalda y la redondez de sus nalgas definían la frontera entre los cuerpos. En el pantalón de mi pijama, sentía cada filo de su vestido.
Pero no me conformaba. Me pegaba más y más, hasta la empujé un poco.
Ella empezó a roncar, dejando todo a mi imaginación.
Sutilmente, puse la mano en su cintura y sin despegarla la rodé hasta encima de su ombligo. Me gustaba pensar que mientras acariciaba su camisa, a la vez la tela la acariciaba a ella, no sé.
Ella seguía roncando. Subí lentamente las manos y sentí cómo se deformaba el camino llegando a su pecho. Sentí dos vejigas llenas de agua y cubiertas de piel dulce. Las agarré, las acariciaba, las apretaba y pasé mis dedos como rodillos sobre sus pezones, que estuvieron la mayor parte del tiempo erguidos.
Mi mejilla descansaba en su cuello y comencé a lamer el sudor que tenía de los hombros a la oreja, con un sabor agridulce.
Y ya que estábamos en ese punto, no me quedó otra que moverme como quien lo mete desde atrás, golpeando con cierta fortaleza todo su trasero. Para colmo divino, ella había dejado una de sus manos tiradas detrás de su espalda, la cual me puse aquí, donde tengo la mía ahora.
Después vi que soltaba una babita brillante y transparente por un lado de su boca. Me la unté en el índice (no se me olvida) y chupé.
Justo cuando empezaba a lamerle los labios, se despertó, hizo un gesto de “déjenme dormir” y rebuznó.
Al otro día, no se explicaba qué era esa sustancia blancuzca que había endurecido su vestido, como aquella que no conocía la leche. Seguro que se la bebía a cántaros con el blanco ese de los pelos en la barbilla. Pero ese día le gustó el papel de ignorante.
Mírala. Quien la ve en esa foto, con el pecado tatuado sobre sus ajustados jeans, la saca de los cuentos de hadas y le da una suite en la mejor revista porno. Pero me quedo con el vestido de los filos, del cual aún guardo un hilito que cayó en mi sábana. La del perfume.
2001.
Del proyecto "Un Mundo Barroco y Decadente de Blanca Nieve".
Un beso a la Sonic.
Todavía la sábana azul marino conserva su perfume. Para no ensuciarla con huellas digitales, rastreo un recuerdo con la nariz. Admito que me avergüenza saber que ese ha sido el momento más intenso de mi “corta” vida. Se repite como un botón de retroceso intermitente y eterno.
Mis manos son la historia que me cuenta ese episodio a diario. Quién lo diría, Blanca Nieves. Contigo descubrí que el miedo y los dolores de cabeza pueden ser cortos caminos a la felicidad.
Llegó con una sonrisa psicodélica y un paso extraño. Su voz, somnolienta y complaciente, el vestido rosado de los filos adheridos a ese cuerpo perfecto. Y la lamparita amarilla se rehusó a apagarse. Yo feliz, para ver con cierta claridad, como los paparazzi de la pecera.
• ¿Te duele mucho? -pregunté casi como un hermano-
• Muchísimo, no aguanto.
• Pues tómate esta aspirina y acuéstate.
• Pero duerme aquí hoy. Tengo miedo.
• …ok… pero échate a un lado.
Nunca quería dormir ni siquiera en la misma habitación conmigo, pero gracias al vino celestial que se dividió en tres botellas directas a su hígado, no le importó otra cosa que no fuera quitarse los zapatos.
Cuando se durmió, esperé unos minutos y rodé discretamente hasta que mi nariz quedó envuelta en su pelo, rozando a menudo con un poco de sudor que tenía en el cuello y que olía muy rico. No sé si ella me había pegado la manía de oler las cosas y la gente.
Me pegué hasta sentir cómo el arco de su espalda y la redondez de sus nalgas definían la frontera entre los cuerpos. En el pantalón de mi pijama, sentía cada filo de su vestido.
Pero no me conformaba. Me pegaba más y más, hasta la empujé un poco.
Ella empezó a roncar, dejando todo a mi imaginación.
Sutilmente, puse la mano en su cintura y sin despegarla la rodé hasta encima de su ombligo. Me gustaba pensar que mientras acariciaba su camisa, a la vez la tela la acariciaba a ella, no sé.
Ella seguía roncando. Subí lentamente las manos y sentí cómo se deformaba el camino llegando a su pecho. Sentí dos vejigas llenas de agua y cubiertas de piel dulce. Las agarré, las acariciaba, las apretaba y pasé mis dedos como rodillos sobre sus pezones, que estuvieron la mayor parte del tiempo erguidos.
Mi mejilla descansaba en su cuello y comencé a lamer el sudor que tenía de los hombros a la oreja, con un sabor agridulce.
Y ya que estábamos en ese punto, no me quedó otra que moverme como quien lo mete desde atrás, golpeando con cierta fortaleza todo su trasero. Para colmo divino, ella había dejado una de sus manos tiradas detrás de su espalda, la cual me puse aquí, donde tengo la mía ahora.
Después vi que soltaba una babita brillante y transparente por un lado de su boca. Me la unté en el índice (no se me olvida) y chupé.
Justo cuando empezaba a lamerle los labios, se despertó, hizo un gesto de “déjenme dormir” y rebuznó.
Al otro día, no se explicaba qué era esa sustancia blancuzca que había endurecido su vestido, como aquella que no conocía la leche. Seguro que se la bebía a cántaros con el blanco ese de los pelos en la barbilla. Pero ese día le gustó el papel de ignorante.
Mírala. Quien la ve en esa foto, con el pecado tatuado sobre sus ajustados jeans, la saca de los cuentos de hadas y le da una suite en la mejor revista porno. Pero me quedo con el vestido de los filos, del cual aún guardo un hilito que cayó en mi sábana. La del perfume.
2001.
Del proyecto "Un Mundo Barroco y Decadente de Blanca Nieve".
Un beso a la Sonic.
Patricia
Antes de entrar, Patricia no cabía por la puerta del edificio. Y se fue siendo todo un planeta.
viernes, julio 01, 2005
*
De repente, unas manos peculiares buscan en una antigua gaveta color madera que conserva intacta su elegancia, sus intenciones y piezas de rompecabezas incompletos. Cecilia encuentra escrita sobre clorofila blanca una sentencia y se conmueve.
“Yourcenar, naturalmente” suspira, y una leve sonrisa se convierte en un jabón cayéndose al suelo de la bañera.
En medio de un debate entre ingenuidad, ironía o perseverancia, se dirige al espejo: “¡el viaje sin retorno!”, con la seguridad de que el trayecto no ha terminado. Echa de menos al póquer, hablar de las profundas ventanas verdes, se pregunta si el autor de la misteriosa nota piensa lo mismo y se anima a probar porque sabe que de cualquier forma que termine la historia, habrá extendido el cuento, habrá triunfado creyendo en lo perpetuo.
Especula sobre quién puede ser el autor y de esto dependerá su fe en esa peligrosa unión de letras. Pero la lógica sistemática de las estructuras le aconseja dejar el cuento por dado e inaugurar una dimensión paralela que pronto se convertiría, paradójicamente, en su pecera ideal.
El viajero se da cuenta, busca apresuradamente un ordenador, la biografía de Jack Costeau y escribe un aviso que parece telegrama, lo parte en más de cien pedazos y lo filtra entre las estructuras como un rompecabezas. La tinta se convierte en glóbulos rojos, lo arma, para verificar el resultado y queda complacido.
Prepara las formas, lo encierra en un sobre; nervioso se corta la lengua con el filo del papel, pero lo maneja entre sus manos como si éste fuera su último chance.
Cecilia lee, mira por la ventana y echa un pulso contra la perpetuidad del viaje. Los trazos en el papel parecen una fotografía, se acerca, observa, se retira, y sigue pensando. Los días parecen meses. Ambos se inquietan. Ella sabe que a veces se camina para atrás hacia delante, como los cangrejos.
Empieza a dejarse llevar por la corriente del río, pero reacciona y un movimiento brusco tira la nota al fondo de la enorme gaveta, siente unas terribles ganas de huir, se para y la cierra de una patada… es inútil.
El viajero se pregunta si comprendió el rompecabezas. Espera que cuando ella regrese, no sea extranjera en su propia casa. Espera como si existiera el fin irremediable de este paradójico delirio.
Ahora, cuando todo aparenta ser demasiado tarde, el viajero se levanta cada día como si la hubiera visto por última vez hace sólo un minuto, con sus huellas digitales decorando el piso del asiento y el olor de su cuerpo de madera. Total, tendrá todo un día para echarla de menos.
“Yourcenar, naturalmente” suspira, y una leve sonrisa se convierte en un jabón cayéndose al suelo de la bañera.
En medio de un debate entre ingenuidad, ironía o perseverancia, se dirige al espejo: “¡el viaje sin retorno!”, con la seguridad de que el trayecto no ha terminado. Echa de menos al póquer, hablar de las profundas ventanas verdes, se pregunta si el autor de la misteriosa nota piensa lo mismo y se anima a probar porque sabe que de cualquier forma que termine la historia, habrá extendido el cuento, habrá triunfado creyendo en lo perpetuo.
Especula sobre quién puede ser el autor y de esto dependerá su fe en esa peligrosa unión de letras. Pero la lógica sistemática de las estructuras le aconseja dejar el cuento por dado e inaugurar una dimensión paralela que pronto se convertiría, paradójicamente, en su pecera ideal.
El viajero se da cuenta, busca apresuradamente un ordenador, la biografía de Jack Costeau y escribe un aviso que parece telegrama, lo parte en más de cien pedazos y lo filtra entre las estructuras como un rompecabezas. La tinta se convierte en glóbulos rojos, lo arma, para verificar el resultado y queda complacido.
Prepara las formas, lo encierra en un sobre; nervioso se corta la lengua con el filo del papel, pero lo maneja entre sus manos como si éste fuera su último chance.
Cecilia lee, mira por la ventana y echa un pulso contra la perpetuidad del viaje. Los trazos en el papel parecen una fotografía, se acerca, observa, se retira, y sigue pensando. Los días parecen meses. Ambos se inquietan. Ella sabe que a veces se camina para atrás hacia delante, como los cangrejos.
Empieza a dejarse llevar por la corriente del río, pero reacciona y un movimiento brusco tira la nota al fondo de la enorme gaveta, siente unas terribles ganas de huir, se para y la cierra de una patada… es inútil.
El viajero se pregunta si comprendió el rompecabezas. Espera que cuando ella regrese, no sea extranjera en su propia casa. Espera como si existiera el fin irremediable de este paradójico delirio.
Ahora, cuando todo aparenta ser demasiado tarde, el viajero se levanta cada día como si la hubiera visto por última vez hace sólo un minuto, con sus huellas digitales decorando el piso del asiento y el olor de su cuerpo de madera. Total, tendrá todo un día para echarla de menos.
jueves, junio 30, 2005
miércoles, junio 29, 2005
Seminario
Al olor de los nombres
A pesar de la moda, Margarita, tu desnudez brotaba como un volcán en medio de exóticos pudores y esa conducta tan introvertida que llamaba la atención. Recuerdo tu silencio, éramos cinco latinos en el seminario, entre cientos de personas que se dividían según su lengua; de lejos se sabía de quién se trataba por colores y gestos que se fundían en amables sonrisas para los morenos de “recreación” que se dejaban ganar de las alemanas al voleibol, para desquitarse de noche en la discoteca.
Tu indiferencia aparente golpeó las débiles aspiraciones, cosa que me agradó bastante, porque yo no dominaba el inglés y los gringos del seminario pudieron haber despertado la curiosidad de tu nacionalidad.
Me contaste que si fueras Dios, hubieras dicho lo de “todos son iguales” como un lamento (o con enojo) y no tuve más remedio que tocar los temas más profundos de tu virginidad.
A pesar de la moda, no sé si recuerdas, Margarita, pude ver desde el principio tus piernas rosarinas, que dejaban fluir el ancho pantalón de espuelas de tela. Entonces mi mano izquierda pisó la pendiente enjabonada y como si no se diera cuenta, se deslizaba suavemente por tus tejidos que se entregaban embriagados al placer narcótico, el olor de la arena y el sonido de la playa que se acoplaba perfectamente con la tranquila mañana. Las aves se encargarían de la voz de alerta y en cualquier momento supe que ya había quedado atrapado en la telaraña de tu cuero cabelludo, seducido por la colonia corporal característica. Además el palco privilegiado para la final de la serie de ausencias de sostén.
Si no respiraras así, entrecortada, en esos momentos tibios de amaneceres, quizás no hubiera apagado la indiferencia histriónica con los botones de tu pecho cada vez más interesado en sumarse a la premonición de éxtasis.
Había brisa, pero sudábamos con sólo imaginar en qué pasaríamos el tiempo los siguientes días de la conferencia y entonces, en ese instante quería vivir todos los ratos juntos de repente y dejó de importarme de una vez por todas la moda, la falda, y volé la puerta de entrada. Recuerdo, Margarita el olor de las palmas y tu mirada desconfiada hacia los alrededores, porque sentías que pecabas de exhibicionista, pero separabas un poco más las piernas cada minuto, disimuladamente. Supuse que el movimiento inconsciente simbolizaba un faro, entonces mis dos manos se lanzaron por la pendiente del muslo que le correspondía a cada una, mientras intercambiaba idiomas con los pliegues de tu cuello, con el descanso digital de tu oreja y el ruido ensordecedor de los botones.
Y esa delicada mano de obra que cubría ahí dentro del calor del pantalón se volvía transparente, tus ojos preferían cerrarse, pero tu rostro miraba hacia arriba, te apoyabas con las dos manos a manera de pedestal.
Pero por más lejos que llegamos esa mañana, no pudimos eliminar a los amigos del seminario y sé que todavía no te explicas para qué otra cosa serviría el guardia turístico, que no fuera quitarnos la concentración. Es cierto, pidió excusas, pero la cosa es como tú dices, no valía la pena que nos protegiera si lo cruel había sido la interrupción de nuestros cuentos. Después de ahí, sólo quedaba mirar tus pies, adornando las modernas chancletas de playa, con mucho mayor elocuencia que la que tuvimos el resto del día. Tres de tus dedos que habían sido abandonados por el entumecimiento, presagiaban que los días continuarían como los imaginábamos, pero este instante no se volvería a repetir. Y mira, que lo intentamos volviendo a la misma hora al bonsái de precipicio, haciendo un pacto con el diablo del guardián; pero tú insistías en que nos veía y tus pies cobraban protagonismo cada mañana, al salir el sol. No se me borra de la mente la imagen como una postal, cada vez que leo la servilleta en la que Rosa te escribió que sólo nos dejaría la habitación disponible después de que ella se levantara. Además, conservo copia de la llave en mi cartera y es un amuleto y me da suerte y seguramente recibiré el lado de tu historia dentro de poco. Es una deuda.

Ilustración: Cándida.
A pesar de la moda, Margarita, tu desnudez brotaba como un volcán en medio de exóticos pudores y esa conducta tan introvertida que llamaba la atención. Recuerdo tu silencio, éramos cinco latinos en el seminario, entre cientos de personas que se dividían según su lengua; de lejos se sabía de quién se trataba por colores y gestos que se fundían en amables sonrisas para los morenos de “recreación” que se dejaban ganar de las alemanas al voleibol, para desquitarse de noche en la discoteca.
Tu indiferencia aparente golpeó las débiles aspiraciones, cosa que me agradó bastante, porque yo no dominaba el inglés y los gringos del seminario pudieron haber despertado la curiosidad de tu nacionalidad.
Me contaste que si fueras Dios, hubieras dicho lo de “todos son iguales” como un lamento (o con enojo) y no tuve más remedio que tocar los temas más profundos de tu virginidad.
A pesar de la moda, no sé si recuerdas, Margarita, pude ver desde el principio tus piernas rosarinas, que dejaban fluir el ancho pantalón de espuelas de tela. Entonces mi mano izquierda pisó la pendiente enjabonada y como si no se diera cuenta, se deslizaba suavemente por tus tejidos que se entregaban embriagados al placer narcótico, el olor de la arena y el sonido de la playa que se acoplaba perfectamente con la tranquila mañana. Las aves se encargarían de la voz de alerta y en cualquier momento supe que ya había quedado atrapado en la telaraña de tu cuero cabelludo, seducido por la colonia corporal característica. Además el palco privilegiado para la final de la serie de ausencias de sostén.
Si no respiraras así, entrecortada, en esos momentos tibios de amaneceres, quizás no hubiera apagado la indiferencia histriónica con los botones de tu pecho cada vez más interesado en sumarse a la premonición de éxtasis.
Había brisa, pero sudábamos con sólo imaginar en qué pasaríamos el tiempo los siguientes días de la conferencia y entonces, en ese instante quería vivir todos los ratos juntos de repente y dejó de importarme de una vez por todas la moda, la falda, y volé la puerta de entrada. Recuerdo, Margarita el olor de las palmas y tu mirada desconfiada hacia los alrededores, porque sentías que pecabas de exhibicionista, pero separabas un poco más las piernas cada minuto, disimuladamente. Supuse que el movimiento inconsciente simbolizaba un faro, entonces mis dos manos se lanzaron por la pendiente del muslo que le correspondía a cada una, mientras intercambiaba idiomas con los pliegues de tu cuello, con el descanso digital de tu oreja y el ruido ensordecedor de los botones.
Y esa delicada mano de obra que cubría ahí dentro del calor del pantalón se volvía transparente, tus ojos preferían cerrarse, pero tu rostro miraba hacia arriba, te apoyabas con las dos manos a manera de pedestal.
Pero por más lejos que llegamos esa mañana, no pudimos eliminar a los amigos del seminario y sé que todavía no te explicas para qué otra cosa serviría el guardia turístico, que no fuera quitarnos la concentración. Es cierto, pidió excusas, pero la cosa es como tú dices, no valía la pena que nos protegiera si lo cruel había sido la interrupción de nuestros cuentos. Después de ahí, sólo quedaba mirar tus pies, adornando las modernas chancletas de playa, con mucho mayor elocuencia que la que tuvimos el resto del día. Tres de tus dedos que habían sido abandonados por el entumecimiento, presagiaban que los días continuarían como los imaginábamos, pero este instante no se volvería a repetir. Y mira, que lo intentamos volviendo a la misma hora al bonsái de precipicio, haciendo un pacto con el diablo del guardián; pero tú insistías en que nos veía y tus pies cobraban protagonismo cada mañana, al salir el sol. No se me borra de la mente la imagen como una postal, cada vez que leo la servilleta en la que Rosa te escribió que sólo nos dejaría la habitación disponible después de que ella se levantara. Además, conservo copia de la llave en mi cartera y es un amuleto y me da suerte y seguramente recibiré el lado de tu historia dentro de poco. Es una deuda.
Ilustración: Cándida.
martes, junio 28, 2005
Piñata
Supe que su nombre era José Miguel, porque un amigo después de despedirse quiso agregar una posdata a su encuentro en la plaza comercial y ya estaban a cierta distancia. En el balcón del segundo piso, acechaban los cuervos. Caminaba como la piel del camaleón, con un expediente manchado por la paz y la suerte.
José Miguel cuando extiende su mano pierde peso y se refleja en las retinas del prójimo como una alcancía rota, disponible.
Sube la escalera eléctrica y los cuervos fabrican la emboscada. Gemelos, se lanzan sobre él desde el fondo de una columna y lo golpean con morbo rabioso, sonriendo, sacando placer de cada próxima cicatriz de la piel blanca de José Miguel, que enrojecía con profundo dolor. Grita, pero nadie oye, excepto yo, que por exótica casualidad, había subido con otras curiosidades. Ellos saben que estoy ahí, pero no les importo. Continúan golpeándolo, el temblor de sus manos despiadadas presienten la muerte.
No aguanto más, la conciencia me traiciona y no puedo seguir aquí parado, mientras la sangre de José Miguel emerge como un secreto por todo su cuerpo. Vi un diente resbalar y ponerse a salvo, a varios centímetros de su desdichado dueño. Con mi deber pendiente, suavemente me quito la camisa y voy hacia las tres sombras traviesas como una avalancha, violentamente, el tiempo se detiene, el aire se corta con un veloz movimiento de mi brazo derecho y los cuervos saltan de alegría, agradecen la complicidad, escondemos el cuerpo casi inmóvil en la profundidad de un rincón oscuro, para conocernos mejor, trago en mano.
Uno de los cuervos se pregunta qué habría sido mejor para José Miguel, en caso de que la vida no le alcance para recuperarse.
José Miguel cuando extiende su mano pierde peso y se refleja en las retinas del prójimo como una alcancía rota, disponible.
Sube la escalera eléctrica y los cuervos fabrican la emboscada. Gemelos, se lanzan sobre él desde el fondo de una columna y lo golpean con morbo rabioso, sonriendo, sacando placer de cada próxima cicatriz de la piel blanca de José Miguel, que enrojecía con profundo dolor. Grita, pero nadie oye, excepto yo, que por exótica casualidad, había subido con otras curiosidades. Ellos saben que estoy ahí, pero no les importo. Continúan golpeándolo, el temblor de sus manos despiadadas presienten la muerte.
No aguanto más, la conciencia me traiciona y no puedo seguir aquí parado, mientras la sangre de José Miguel emerge como un secreto por todo su cuerpo. Vi un diente resbalar y ponerse a salvo, a varios centímetros de su desdichado dueño. Con mi deber pendiente, suavemente me quito la camisa y voy hacia las tres sombras traviesas como una avalancha, violentamente, el tiempo se detiene, el aire se corta con un veloz movimiento de mi brazo derecho y los cuervos saltan de alegría, agradecen la complicidad, escondemos el cuerpo casi inmóvil en la profundidad de un rincón oscuro, para conocernos mejor, trago en mano.
Uno de los cuervos se pregunta qué habría sido mejor para José Miguel, en caso de que la vida no le alcance para recuperarse.
martes, junio 21, 2005
Massielle es una leona
Estoy contentísimo, feliz, porque una amiga queridísima se convirtió ayer en la primera dominicana en ganar un León de Oro en Cannes. Massielle Asencio, creativa de Leo Burnett Puerto Rico, ganó en la categoría de internet un premio que le ha regalado una sonrisa a mucha gente. Estoy orgulloso de ella, me siento súper feliz. Siempre apuesto a ella en el futbol, en beisbol; le he dicho que el cuerpo le queda flaco al corazón. Hoy brindaré por ti, Massielle.
INFO
www.adlatina.com
www.mikezapping.blogspot.com
INFO
www.adlatina.com
www.mikezapping.blogspot.com
jueves, junio 16, 2005
vaChío
Qué vaina, se va Chío. Ayer la despedimos antes de tiempo. Una silla quedará vacía, se escuchará una carcajada menos cada noche, se servirán menos copas de vino. Los abrazos ocurrirán con menos frecuencia, el coro tendrá menos voces, pero el futuro tendrá mejores fotos. Más le vale.
miércoles, junio 15, 2005
lunes, junio 13, 2005
Mecanografía interrumpida
Tocamos las lagunas del pasado confundiendo las partes de los cuerpos. Una muñeca distinta en cada lado, se gira el espectro como una moneda y de repente la cara de ella con el cuerpo de una flaca, la flaca con el cuerpo de ella hasta que terminaba acertando la especie de jackpot que cambiaba la habitación con no sé cuál de los dos cuerpos y alternaba con el casino del hotel. Ropa interior-bikini, playita-cafetería, labios-ombligo. Diseñamos complicados planos arquitectónicos de huellas digitales, demasiado vodka y pocas croquetas en todos los escenarios.
De repente, la diversión empezó a percibirse con límite de tiempo, llegó una sensación de estar en el fondo de algún lugar (un pozo, por ejemplo), las imágenes empezaron a diluirse, los pixeles se deslizaban, se formó una mano que haló todo y desperté. Escuché a mi madre oyendo las noticias, reestrenando los pulmones en esta nueva superficie. Otra vez la rutina me hacía caer en las mismas lagunas en que estuve a sólo un par de pasos y por alguna razón me quedé con la palabra en los dedos.
De repente, la diversión empezó a percibirse con límite de tiempo, llegó una sensación de estar en el fondo de algún lugar (un pozo, por ejemplo), las imágenes empezaron a diluirse, los pixeles se deslizaban, se formó una mano que haló todo y desperté. Escuché a mi madre oyendo las noticias, reestrenando los pulmones en esta nueva superficie. Otra vez la rutina me hacía caer en las mismas lagunas en que estuve a sólo un par de pasos y por alguna razón me quedé con la palabra en los dedos.
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